Observo la escalada de
violencia en Medio Oriente que se inició con el asesinato de tres adolescentes
israelíes, y a eso me voy a referir. Pero, para hacerlo con buena base, urge
recordar que el 14 de marzo de 1937, casi dos años antes de la Segunda Guerra
Mundial, el papa Pío XI lanzó una trascendental encíclica, Mit brennender Sorge
(Con ardiente preocupación). Rompió con el estilo tradicional de titularlas en
latín y la publicó en alemán. Su intención denunciadora era evidente, a pesar
de las precauciones diplomáticas del texto y la poca fuerza que tuvo su
difusión urbi et orbi. Contiene frases vigorosas contra el nazismo. Pero su
mensaje no fue acatado por el universo católico en su totalidad, ni siquiera
por prelados que cayeron bajo la fascinación nazi. Pío XI fue más lúcido y
valiente que muchos líderes mundiales.
La culpa por la inmensa
tragedia que asoló al mundo no sólo corresponde a los nazis, sino a quienes les
permitieron fortalecer su delirio, envalentonarse, armarse e imponerse, con la
idiota esperanza de que se podía detenerlos mediante afectuosas concesiones. El
acuerdo de Munich, firmado en 1938 para «solucionar» la crisis de los
Sudetes -que el ingenuo Chamberlain consideró maravillosa garantía para
«una paz de cien años»-, fue la última prueba que necesitaba Hitler
para saber que Occidente y sus valores eran un castillo de papel. Pactó con
Stalin, invadió Polonia y comenzó a extenderse como una venenosa mancha que
aspiraba a dominar el planeta.
La Guerra Fría que
sucedió a la Segunda Guerra Mundial produjo nuevos sufrimientos y matanzas. La
caída del imperio soviético, sin embargo, no implicó el fin de la historia,
sino el comienzo de otra, en la que surgió un inesperado protagonista: el
fundamentalismo islámico. Por ahora no es universal, pero aspira a serlo. Tiene
diversos matices, como los tuvieron al comienzo las formaciones que seguían a
Hitler. No impiden que se unan tras objetivos comunes: el sunnita Hamas está
aliado con los chiitas de Hezbollah y de Irán. La opresión de las minorías
cristianas en todo el Medio Oriente, que genera una continua emigración por
motivos religiosos -¡a esta altura de la historia!-, es apenas comentada. Las
técnicas regresivas de los fanáticos están alcanzado un salvajismo poco
creíble, como la crucifixión de mucha gente. Sí, ¡la crucifixión! Ahora la
aplican a cristianos y herejes de Siria.
En el Medio Oriente ya se
han despejado amplias zonas Judenrein (limpias de judíos). La discriminación
étnico-religiosa empezó en 1948, durante la guerra de la independencia de
Israel, una conflagración desencadenada por seis Estados árabes contra la
población judía de Tierra Santa, con el manifiesto propósito de ahogarla en el
mar. En forma paralela, casi 800.000 judíos fueron expulsados de Libia, Egipto,
Marruecos, Túnez, Siria e Irak. Ahora no queda un solo judío en la Franja de
Gaza. También la Autoridad Palestina aspira a la total ausencia de judíos bajo
su jurisdicción. En cambio, el 20% de la población israelí es árabe, con plenos
derechos ciudadanos.
La alianza de la Unión
Soviética con los regímenes árabes y el feroz antisionismo estalinista de la
izquierda determinaron la descalificación permanente de Israel. En todos los
foros y circunstancias, el acorralado Israel es acusado porque boga o porque no
boga. Para conseguirlo, se entronizó a los palestinos como víctimas
privilegiadas. Se empezó a considerar que cualquier crimen, abuso o publicidad
calumniosa de los palestinos es producto de la «ocupación». Incluso
donde ya no hay ocupación. ¡A tener en cuenta este dato! Israel arrancó de las
orejas a todos los judíos de la Franja de Gaza para dar con el gusto a la
demanda palestina de una efectiva desocupación. Primero desocupó Gaza y luego
vendría el resto. ¿Qué hicieron los palestinos con su libertad y los fondos de
ayuda internacional? ¿Grandes hoteles para sus playas hermosas? ¿Convertir a
Gaza en la Costa Azul del Mediterráneo oriental? ¿Demostrar a su vecino Israel
que desean convivir en paz, con el fin de estimularlo a desocupar también
Cisjordania? No. Trabajaron para cavar túneles por donde contrabandear armas y
construir cohetes que disparan a diario contra las poblaciones israelíes.
Decenas y decenas de cohetes pretenden asesinar la mayor cantidad de personas
en las ciudades, aldeas y kibutzim de los alrededores. Gente de todas las
edades debe correr a diario hacia los refugios, aterrorizada, cuando suenan las
alarmas. Pero la prensa no se ocupa de señalarlo con la indignación que
corresponde. Israel no es la víctima privilegiada y, en consecuencia, no tiene
derecho a la solidaridad del mundo. En cambio, apenas son destruidas las bases
de lanzamiento misilístico (incluso con operaciones de precisión quirúrgica
para no afectar a los civiles), aúllan contra la «agresión israelí».
Invito a prestar atención sobre este punto. Advertirán que siempre se destaca
con más fuerza la respuesta israelí que la provocación terrorista. El resultado
es obvio: un envalentonamiento que estimula a más túneles, más armas, más
misiles, más guerra.
También es necesario
enfatizar que para los extremistas la «ocupación israelí» no se
limita a los territorios que el Estado judío liberó de jordanos y egipcios en
1967, sino a todo Israel, incluido Tel Aviv. Así lo estipula la plataforma de
Hamas. Israel es detestado por judío, pero es más detestado por constituir un
baluarte de los valores democráticos y progresistas que produjo Occidente. En
el fondo, es una guerra de civilizaciones. O una guerra contra la civilización,
para devolvernos a la Edad Media.
Gaza podría ser inducida
a crecer pacíficamente. Bastaría con que las fuentes que proveen grandes
recursos a sus autoridades cortaran las transferencias en cuanto lancen un solo
misil más. Hay que obligarlos a ser responsables sobre la vida y el futuro de
su pueblo. No se debe tolerar que esos recursos se desvíen hacia campañas de
odio, entrenamiento de mártires y fabricación de misiles. Disuadirlos de una
buena vez, como no se supo hacer oportunamente con los nazis. Entonces Gaza
disfrutará de la paz y logrará su progreso.
Para evitar otra nueva
escalada de violencia como la que ahora arrecia, hace falta otra vez la lúcida
voz de Pío XI que exija a los gobiernos sensatos, a los organismos
internacionales, a la gran prensa, a los millones de árabes y musulmanes
moderados poner freno a la exaltación fundamentalista que se incrementa con el
incesante apaleo a Israel y la escandalosa ausencia de condenas a la permanente
incitación al odio que fermenta en Gaza, Cisjordania, casi todos los países
árabes y muchas otras zonas del mundo sumidas en una enorme confusión.
Con ardiente preocupación
10/Jul/2014
La Nación, Por Marcos Aguinis